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No tengo razones para estar mal

Ansiedad, depresión

“No tengo razones para estar así”. ¿Te suena? Es una frase que nos encontramos repetidamente en personas que acuden a terapia buscando ayuda. Habitualmente han pasado muchos meses, a veces incluso años, hasta que dan el paso de acudir a un especialista. Es mucho tiempo arrastrando una enorme pesadumbre, tristeza, desgana, problemas para dormir… Pero claro, no tienen razones para quejarse. O eso creen. Tienen trabajo, una familia estupenda, amistades, pueden hasta concederse caprichos de vez en cuando. Pero aún así, se sienten vacíos, inútiles, fracasadas o incapaces.

Esta sociedad en la que vivimos es tremendamente cruel. Seguirle el ritmo es agotador. Muchas personas pasan la vida tomando decisiones en base a lo que “deben” hacer, a lo que se espera de ellas. Las cosas que necesitamos, aquello con lo que soñamos o lo que deseamos, quedan muchas veces “aparcadas”, esperando su turno. Y cuando no las atendemos, pagamos el precio. Llegamos hasta a olvidarnos de ello porque, bueno, no era tan importante. O porque no son más que tonterías mías. O porque no tengo tiempo para “eso”.

Nuestra vida transcurre entre obligaciones, responsabilidades, saltando un obstáculo tras otro… apagando fuegos. Hay que sobrevivir al día a día. Y mientras tanto, aquello que habíamos olvidado poco a poco empieza a reclamar su espacio. Al principio no lo vemos venir. Pero sin apenas darnos cuenta, nos tumba como un tsunami. Y aún así, las personas siguen luchando, siguen tirando. Es algo que, aún después de tantos años escuchando cientos de historias, no deja de sorprenderme. La resistencia de las personas. Muchos lo llaman debilidad cuando tocan a mi puerta, ¿os lo podéis creer?

Así que cuando llegan a nosotras, lo primero que hacemos es ponernos nuestro traje de exploradoras y empezar a rebuscar en la vida de esa persona qué es lo que falta. Una vez encontrado, toca asimilarlo. Y luego hacerle sitio. No es nada fácil, no se trata sólo de encajar la pieza del puzzle que faltaba sino que hay que rehacer el puzzle. No todo el mundo está preparado para ello. Pero ahí entra en juego de nuevo esa enorme fortaleza que las personas son capaces de demostrar incluso en los peores momentos. Y de repente un día tocan a tu puerta y sabes que han conseguido empezar a montar el nuevo puzzle. Empiezan a entender que el cuidado de uno mismo es tan prioritario como atender a las demás obligaciones de la vida. Lo que antes era perder el tiempo se convierte en una inversión en su salud, su bienestar y su felicidad.

Si te has tomado la molestia de leer hasta aquí, te doy las gracias. Si además te has sentido identificado/a con alguna de mis ideas, no te lo pienses más, pide ayuda. Sí que merece la pena recomponer tu puzzle. Tú lo mereces.

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